Islas


Debía tener 16, puede que 17 años. Estábamos en alguna playa del sur, Málaga, Huelva tal vez y mi padre y mi hermano no estaban. Mi madre y yo estábamos en un chiringuito, hablando. Hablaba principalmente ella, aunque con esa edad lo más seguro es que interrumpiera constantemente. Con esa edad tú ya lo sabes todo, a ti ya te ha pasado, más veces y más fuerte.

Mi madre, Mari a partir de ahora que para eso tenía nombre, me hablaba de su vida a mi edad en Francia. Mari hablaba de sus amigos, sus fines de semana, los estudios, el sexo,… También de sus padres, aunque en realidad me estuviera hablando de su padre. Lo recuerdo como si hubiera durado horas.

Esta conversación fue una isla en nuestras vidas, hubo más, pero todas separadas por un enorme mar. Islas distanciadas por un mar abrupto, feo, desagradecido y borracho con mi nombre. Un mar de peleas y gritos. Un mar de desconfianza que empezaba y terminaba en ese adolescente gilipollas.

Recuerdo varias islas más, pero no tienen la importancia de esta. Es la isla que ha unido a las otras, la isla que se ha mantenido en mi memoria ayudando a recordar como era Marí antes de su enfermedad. Guardando en una caja los recuerdos de esa persona para que no se perdieran, para que no solo quedara grabado a fuego el cascarón vacío en que la convirtió.

Es ahora cuando esa isla deja que la caja se abra. Muchos años después de esas islas distanciadas, mucho después del comienzo de la enfermedad y años después de su muerte y deja ver la importancia de este recuerdo. En esa playa de sur, con mi padre y mi hermano ausentes, yo tenía una conversación y quien me hablaba no era mi madre, ni la esposa de mi padre, ni la hija de otros padres, ni la hermana, ni la amiga. Han tenido que pasar más de 20 años para darme cuenta que quién me hablaba era una mujer. Me hablaba una mujer en un chiringuito, de su vida, sus recuerdos, sus tonterías, sus alegrias y frustraciones. Una mujer como cualquier mujer que conozco y que me cuenta su vida, sus recuerdos, sus tonterías, sus alegrias y frustraciones. Nada más que una mujer. Más de 20 años para darme cuenta. 16 años para decírselo y tuviera un sentido para ella. 6 años para susurrárselo al oído aunque no escuchara nadie. Mierda de vida.

Me meto otra vez en la cueva.

Ogro.

Anuncios